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Día 1. La partida

Publicado: 29 de diciembre de 2018 en Cultura, Generales
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No puedo dormir, así que escribo. Quedan 6 horas para que salga el vuelo que me llevara a Bangalore previa escala en Amsterdam. Después de un mes, haré la ruta inversa para volver a casa. Billete de ida y vuelta. Esto, quizás sin mucha relación entre sí, me ha llevado a pensar en ese viaje misterioso de sólo ida que es la muerte, en distintos tipos de muerte, y que en cada religión o cultura tiene sus connotaciones.

The_wheel_of_life,_Trongsa_dzong

Ciclo de reencarnaciones

Pensaba en el karma hindú que consiste en realizar buenas acciones a lo largo de la vida para luego reencarnarte en alguien de una casta superior ya que hacer el mal, te puede llevar a reencarnarte en algún animal, algo no deseado. Me ha producido angustia, un ciclo de vida-muerte-vida que no se acaba, ellos mismo lo consideran un estado de sufrimiento; de ahí el desvelo por la peregrinación tan deseada a Varanasi (Benarés) donde a los creyentes hinduistas les gustaría ir a morir para evitar el ciclo de reencarnaciones y entrar directamente en el Nirvana.

Me viene también a la cabeza esa muerte anticipada de muchas mujeres, una tradición, denominada sati, que ya no se mantiene (creo) o, al menos, está perseguida. Esa mujer, que ante el fallecimiento del marido era obligada a morir quemada en la pira con él, puesto que no se entiende que la vida de la mujer tenga sentido sin la del hombre.

O si no sucede esto, la muerte en vida por el repudio que las mujeres que se quedan viudas sufren. Son obligadas a raparse el pelo, a vestir de blanco y a vivir apartadas. No sólo no se les permite volver a casarse, tampoco acudir a fiestas, bodas, entierros porque se cree que dan mala suerte.

La dote (aunque es ilegal es una tradición que continúa arraigada en la sociedad) que tienen que pagar las mujeres en la India es una cuestión que bien podría estar relacionada directamente con la muerte. Miles de mujeres, pueden llegar a 100.000 (según datos de la Fundación Vicente Ferrer) sufren humillaciones, se suicidan o son asesinadas por no poder cumplir  con el pago exigido por su marido y su familia.

Y mientras intento comprender otras culturas y religiones, mucho concerniente a las mujeres, quizás sin terminar de entender en la que yo vivo (aunque no sea creyente)  me he acordado de un pensamiento  que sucedió cuando tenía nueve años. Posiblemente, algo muy banal, de hecho, ni siquiera le encuentro la relación lógica con lo que he contado hasta ahora pero ha surgido de esta manera en mi pensamiento. A lo mejor, la muerte es desordenada, el mero hecho de pensar en ella, da como resultados, ideas abocadas al caos, o simplemente se trata de la entropía de mis razonamientos procedentes de neuronas faltas de sueño.

Como decía, cuanto tenía nueve años, falleció mi abuelo y, al poco tiempo, empecé a hacer una lista de toda la gente que me cuidaba y me quería y que también se moriría como mi abuelo, irremediablemente. El tiempo pasaba para ellos: las arrugas, los accidentes, las enfermedades, la simple edad y, sin embargo, yo ingenua de mí, me creía inmortal, ni se me pasaba por la cabeza reencarnarme, sólo permanecer perenne en mis nueve años, sin recursos para sobrevivir y con una piel tersa y suave para toda la vida. ¡Todos muertos! ¡Menos yo! Finalmente, un año después, comprendes que creces, que también te haces mayor, que la vida te da recursos, herramientas… para seguir adelante (y los feminismos los mejoran).

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Árbol de la vida hindú

Es posible que la muerte no sea un tema tan tenebroso para comenzar un viaje. De alguna forma, con cada viaje muere algo con nosotras y nace otro algo nuevo: vivimos experiencias, conocemos gente, aprendemos, etc. Y eso es lo que espero de este “paréntesis” porque las bibliotecas mejoran las sociedades en las que vivimos. Y esto es al fin y al cabo de lo que trata este pequeño viaje.

Disculpad, quizás artículo con tal mal karma, es de noche, es tarde y servidora en esta vida que le ha tocado vivir es un alma diurna. De lo que escriba con nocturnidad y alevosía no respondo.

 

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